Perteneciente a
Artículos1987
Se acababa de retirar Sócrates, ya nunca se lo pedían. En la plaza, todos éramos Diego: agachábamos la cabeza seguros del regate definitivo. Dos calles más abajo, las niñas rayaban el suelo con tiza y se recogían la falda para el tejo; cuando el terral, la pintura se quedaba allí, esperándoles los saltos, sola e interrogante como los restos de un animal en el desierto. Se las encontraba entonces en los portales, ganándose los cromos a manotadas.
En esas tardes, los viejos no volvían a sus bancos donde la iglesia; parecía que fuesen cosa del levante. Con él, ocupaban de nuevo los lugares felices y aguardaban sentados a que el tiempo acabase de hacer su trabajo. Huían del sol con la misma determinación con que lo buscaban en enero y estaban convencidos de que serían buenas costumbres como ésa, y no las visitas al consultorio, las que tendrían que alargarles los años.
Con el anochecer, los mismos bancos soportaban las primeras embestidas de amores que no iban a llegar a septiembre. Él habrá echado el día en la tiendita que la familia tiene a la espalda del instituto, donde el recién llegado ha vuelto a repetir hoy lo de la rapidez con que aprende esta gente de los pueblos, qué barbaridad. Ella abrió en la playa el libro de Física el tiempo justo para que papá creyese que estudiaba, le volvería a quedar. Ahora, se querían a arreones, torpes como eran: se quedaban sin aire a medio besar, malentendían los broches, equivocaban los huecos. Llevaban en su prisa toda la urgencia del planeta por perpetuarse y les venía de rato en rato una tristeza pesada que más tarde aprenderían a identificar con la culpa. Nosotros los mirábamos hacer desde la tapia cercana sin alcanzar del todo qué clase de diversión podía encontrarse en aquello.