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Babel



A Mireia Rivera y Laura Augé


En la narración de Babel, el dios de los hebreos, escocido por las posibilidades del animalillo que había sido barro, decide confundirlo. Como quien experimenta con el pelamen de un hámster, buscando la calva o la mancha parduzca sobre el blanco, el hacedor inventa a bote pronto el plurilingüismo y, sin saberlo, da trabajo a generaciones de filólogos y de incendiarios. El cronista bíblico no ofrece muchos más detalles del asunto; pierde así la ocasión impagable de dejar a la historia de la literatura un  episodio de picaresca y surrealismo que ríanse ustedes de las astucias de Lázaro de Tormes. Imagínense: el zigurat a medio terminar, la cadena de producción interrumpida; los obreros del ladrillo, sacando sus tarteras y echándose una cervecita a la salud del iluminado que con su ocurrencia les ganó el día libre; el patrono, jurando contra un capataz que, encogiéndose de hombros, niega con la cabeza: acaba de descubrir que, a pesar de que su fonética no le resulta del todo desagradable, no entiende ni jota de serbo-croata; junto al horno, un anciano arma trabalenguas en algo que siglos más tarde académicos malintencionados considerarán simple dialecto del noruego normativo; mientras, acuclillado en la arena, un muchacho garabatea con el dedo los que serán primeros improperios del aimara.
    Si tenemos en cuenta que incluso los escritos supuestamente inspirados juzgan como castigo la diversidad lingüística, poco pueden espantarnos los comentarios que, cada vez con mayor frecuencia, se vienen arrojando al respecto desde diferentes posicionamientos políticos. Atrincherados en los ventanucos de la torre, unos y otros se acorazan la lengua, la tensan hasta extremos que la física no entiende y la disparan sin excesiva convicción. Se diría el zigurat un guirigay de cantazo y tirachinas.
    Con todo, la vista encuentra en la construcción saeteras desocupadas. Hacia la mediación de la altura, Poveda se planta, y acompasa entre las pedradas la Cançó del bes sense port. Es uno de los doce poemas en lengua catalana que el badalonés ha escogido para Desglaç (Deshielo), quinto disco de su carrera y primero en el que toma distancia –relativa, pueden escucharlo– del flamenco. Poco quedaba por decir de Miguel Poveda como cantaor; voces más autorizadas que la mía han traído y llevado una versatilidad que le permite andotear registros desacostumbradamente bajos, la exquisitez con la que entra por levante o la responsabilidad con la que actualiza palos desatendidos. A todo ello se suma ahora la pertinencia, lo apropiado de tomar la carretilla medio oxidada y encarar las cuestas del zigurat que no se terminó. Poveda empuja los ladrillos con la misma sonrisa descarada con la que hace años se presentó en La Unión dispuesto a llevárselo todo; para animarse, caracolea de cuando en cuando. Si se cansa, echa a un lado la carga y se arranca con los versos de Comadira: “Hem cridat fins a no poder més. / Tenim la boca seca”. Vuelto al trabajo –la risa sinvergüenza nuevamente– proyecta balconadas valientes y terrazas abiertísimas. Desde la posible azotea, el dios de los tiempos lo mira hacer. Contrariado, abandona el reposo y resuelve disponer otro artificio con que entretener a su criatura durante los próximos milenios.
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