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El año del júbilo



    Antes incluso de conocer el oficio del cuero y el metal, Alfredo Castex había tomado ya conciencia de que toda ocupación  a la que se diera se quedaría en accidente. La certeza temprana de lo fugaz lo llevó al convencimiento de que la palabra, a poco que recibiese los cuidados oportunos, podía ser un excelente animal de compañía, de modo que a su aprendizaje y trabajo dedicó buena parte del hacer. Asimismo, intuyó pronto que el espacio apropiado para este ejercicio era extraordinariamente parecido a una mesa dispuesta para la comida.
    Fue a mediados de los noventa que Alfredo me ganó la amistad. Compartíamos una fe que acabaría por abandonarme y que él, ya entonces, llevaba con una dignísima inseguridad; por aquellos años, eran casi cotidianas las mentadas de madre con las que se dirigía al dios ausente, sabedores ambos de que al final de la jornada uno no sería capaz de recordar lo dicho, otro habría olvidado lo que escuchó. Con el tiempo, supe de su habilidad para el galanteo –la voz atabacada, el verbo fácil- y de una natural querencia al franciscanismo: ladrillo sobre ladrillo, fue levantando en la periferia una casita donde apenas si le cabían el camastro y el corazón; improvisó en la cocina un taller para sus artesanías y se procuró una máquina de escribir desvencijada desde la que, de cuando en cuando, canta a las bondades del vino y a los amores ruinosos.
    Ahora se jubila. Lo hace con toda la etimología de la palabra: se goza del nuevo estatus, sin percatarse de que, bien mirado, en poco difiere del antiguo, pues nunca trabajó sino lo estrictamente preciso para garantizarse el pan y la sal diarios. No es de extrañar, por tanto, que a estas alturas de la carrera se contente con una paga de dudosa generosidad. Quizás consista en eso. Lo del júbilo, digo.
© Nacho Artacho, 2008 · Contacto · Contratación ·
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