Perteneciente a
ArtículosEl dios interino
Fue porque lo quisieran que lo hizo la primera vez, como porque lo quieran plancha el hombre la camisa de todos los domingos o deja en barbecho las tierras esforzadas. Cualquier observador libre de los afectos e intereses con que él analizaba la novedad, podría asegurarnos que, contra su propósito primero, no hubo corazón que se moviese más de lo que hasta entonces había acostumbrado. A lo sumo, el propio, y fue éste motivo suficiente para la insistencia.
Conoció la prueba por aquellos días. Quiso la casualidad que se viese solo y dispuesto ante el material sobrante abandonado por el dios hacedor. Considerando largamente mejorable la obra de aquél, se entregó a su perfeccionamiento y al barro con una voluntad desconocida. Se supo capaz del caos y la estructura. De lo siguiente, la condena, ya se escribió.
En tiempos de la caída y el exilio, habiendo cambiado las razones que la soportaran, no quiso, sin embargo, mudar de actividad. De ella se valió para espantarse las angustias más graves y para distraer lo hasta entonces inolvidable. Tanto empeño puso y tanto fue el oficio que acabaría alcanzando, que al poco juzgaba como ajeno cualquier trabajo anterior: le había llevado treinta y cuatro años caer en la cuenta de que no escribía sino para sobrevivirse.
Si en un principio se trataba de salvarse de lo más inmediato –y que más inmediato que él mismo–, una vez que aquellas urgencias lo fueron en menor medida y se acordaron paces no en todo deshonrosas, resolvió armarse generosamente, seguro de que llegaba la hora de romperse la cara con lo venidero, que así decía a la muerte por no mentarla.
No hubo papel suficiente que contuviera aquella comezón. Se le fueron las noches y los días en la tarea imposible de reordenar tiempo y espacio. Puso negro sobre blanco, y más negro sobre blanco aún, convencido de que, contra la biología, cuanto escribiese resultaría escaso. No se equivocaba. Un once de julio se lo llevó por delante tanta lógica y todo lo demás fue literatura.