Perteneciente a
ArtículosLa casa grande
Algo deben de tener. Las ruinas, digo. Se apoyan como pueden en sus vigas, que, a su vez, se apoyan como pueden en la carcoma; ajenas ya a lo cotidiano de la coquetería, se dejan crecer en las cornisas esos cuatro yerbajos secos que cualquiera sabe cómo agarran ahí; provocadoras, conscientes de la erótica que arrastran, se descuidan, se rompen un cristal bien estudiado y muestran al curioso sus desencantos. Y el curioso, al pasar, las mira y fantasea, se imagina a sí mismo llenando esos adentros y esos pasados, desahoga su presente en las ruinas.
Quién no se para ante las piedras que quedaron, esas piedras que un día fueron nuestras: deja escombros la infancia al venirse abajo, y escombros se nos quedan de los besos; los creemos perdidos en la última mudanza y, sin embargo, un día aparecen y nos llenan la boca nuevamente. Escombros se acumulan en las páginas de los libros, y para visitar escombros y dolores acudimos a los cementerios; a fin de cuentas, morir no es más que empezar a ser ruinas y esperar que otros, como ya se dijo, habiten nuestro recuerdo como si fuese una casa grande. Una casa grande, la de la memoria, a la que estamos afortunadamente condenados.