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La casa sola



Se van, lo han decidido. He intentado primero el imponerme, la cara asargentada, la voz con gravedad. Ha venido después esa guerrilla torpe que son al cariño los chantajes; las he mirado a todas con tanta dignidad, que a alguna hasta se le ha hecho cómico y ha vuelto la cabeza, divertida. No me ha quedado otra que la súplica indigna e infantilona, la casi pataleta y el casi sofocón. Y no hay caso: se van, ya se están yendo.
    Mientras así te escribo, lector, las escucho trastear en los roperos, doblar la blusa aquella que pensé le vendría bien a una y acabó por servir a las demás. Se las siente nerviosas, alagartijadas, cuidando de disimular la mucha emoción.
    María y las mayores, de cuando en cuando, asoman con la excusa de un olvido o una pregunta vana; aprovechan entonces para achucharme, pobres, para irme prometiendo visitas y llamadas, no abuses de los fritos, papá. Las otras corretean los pasillos, maleta arriba, bolsón abajo; imitan los modos de sus hermanas, se esfuerzan en el orden y la eficiencia, pero del zafarrancho hablarán luego los desconchones en la pared y los muebles arañados. Como aquéllas, entran en la cocina, escandalosas, y se vienen a mí con la mentira de ayudarme a limpiar los boquerones. Los desbaratan, pobres, y nos vale el desastre para la risa lacia, alucinada, que los finales traen.
    Entretanto, Tamara se ha sentado a los pies de su cama y no aparta los ojos del peluche amarillo que fue pato. ¿Qué piensa mi Tamara en la partida? Despaciosa, con la lógica lenta de los días y los hombres, quiere guardar sus lápices en la mochila y la detiene un pájaro saltando en el alféizar.
    Se van, está cumplido. Le crecerán los cuartos y los ecos a la casa. Las primeras semanas creeré lo improbable: que la puerta, que tocan, que te echamos de menos. Escucharé las peleas de estos años –esa muñeca no es tuya, cuelga ya de una vez– y el mismo villancico repetido hasta el hartazgo (no sabíamos más). Me van a llegar, seguro, en junio, los suspensos; en el portal voy a cruzarme con todos los novietes que han tenido, y a qué seguir odiándolos ahora.
    Se van: hoy ya no es mío lo que he escrito. Ésta también, lector, te pertenece.
© Nacho Artacho, 2008 · Contacto · Contratación ·
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