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La cuna del hombre



    Fue consciente de la diferencia entre lo posible y lo negado la mañana en que el gordo Bermúdez le pidió un aparte en el recreo para descubrirle lo que antes se había encargado de descubrir a media clase. Hasta entonces, nada impidió a un ratón de lo más común entrarse en el cuarto tan difícil, treparse la pata tan difícil y descargarse luego de la moneda tan difícil. Alguna vez, eso sí, se había extrañado de que, distinguido como estaba con la gracia del entendimiento, aquel animal generoso hubiera de ganarse el pan con el sacrificio de los portes, cuando indudablemente estaba llamado a mayores empresas.
Tampoco se le hizo disparate que al fondo del armario viviese de continuo un señor sin otro oficio que el asustarlo, aunque, día sí y día también, se planteaba el hecho de su trabajosa manutención (mamá rio cuando él propuso colaborar con parte de lo que el abuelo le daba cada sábado, que no se muera, mami). Menos cuestionables, si cabe, los asuntos de la noche: el gato que calzado podría haber batido al primero entre los fondistas etíopes; los guarritos que ejercían la arquitectura sin haberla cursado; los enanos que, incomprensiblemente, bajaban a la mina entre chanzas y silbidos; la niña que en las quince páginas que duró el cuento no se mudó el abrigo ni la capucha, seguro la riñeron, como a él después de la plaza.
    Por eso la importancia de Bermúdez y el descubrirle. Estuvo bien el gordo. El fastidio y el aturdimiento se acabarían al mes, y a cambio se ganaba la mirada distinta que usaban los de cuarto. Con el tiempo, la misma perspectiva habría de bastarle para saber de lejos la coyuntura alcista del mercado o el complejo proceso con que los pueblos enriquecen el uranio.
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