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Mujeres de Lot



    La mañana del eclipse, Carlo Broschi fue llamado a presencia del rey a hora ciertamente inorportuna. Confiado en las predicciones de sus académicos, se anticipaba éste al curso de los astros y disponía para la corte un artificio a la altura del fenómeno. El castrato –mantenido y, por ello, obligado– soltaría a la tiniebla su voz de niña grande,  y en lo que aquélla durase no sería el silencio. El monarca se aprovisionaba así  de un amuleto que se le antojaba incontestable: todo el racionalismo cartesiano no habría bastado para iluminarle la certidumbre de que los días y los hombres se acababan. Farinelli, por su parte, cumplía con oficio y poco más, sabedor como era de que ninguna oscuridad externa lo tocaba y de que para la propia, aquella que encendiera el maestro Händel a fuerza de desdén, no había exorcismo posible.
    El mediodía en que el sol se puso en sombra, recordé inevitablemente a Carlo Broschi y su desventura, pues no me pareció ésta mayor ni distinta a la del paseante cotidiano. Trajinaban unos en el fastidio de costumbre, queriendo una normalidad que negaban el cielo y sus asuntos;  dejaban otros las faenas a medio hacer y volvían las caras al prodigio; les subía a todos, en definitiva, la fascinación terrible con que el humano afronta el morirse y el amarse: como la mujer de aquel Lot, nada sabían de cegueras proverbiales. De no haber mediado eclipse ni luz como ceniza, estaríamos discutiendo, lector,  el tamaño y la violencia del fuego de San Telmo que arruinó la vela y sus funciones, o la medida variable del glaciar en el segundo previo al vencimiento: al animal que somos, capaz de la nueve milímetros y también de las panaderías, le admira el aparato con que suele acompañarse todo cuanto lo ha precedido y le sobrevivirá. Inocente por una vez, aguarda misericordias bajo el pie del universo.
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