Perteneciente a
ArtículosSe prohíbe jugar a la pelota
Y bajo el cartel se nos empezó a morir de pena aquella portería voluntariosa. Los días y los niños –más terribles aún– la fueron volviendo en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. A la banda derecha, a fuerza de desuso, le han salido unos matojos desaliñados y alguna que otra flor inexplicable. Donde una tarde Carlitos le voló la espinilla a Soriano, vete a saber qué amor descalabrado escribió hace tres noches: “Cani, no me dejes” (la lluvia, de momento, los respeta). El balón que empeñé cuando las crecidas se ha arrugado hasta quedarse en algo no mayor que una batata, allá en el canalón. Desde esos dos maderos que fueron banco, me miraba mi padre alguna vez. Vacío el solar, en la atardecida, se subía de cualquier modo los bajos del pantalón y pedía la pelota con el convencimiento de quien se sabe capaz del disparate. Apenas la tenía, se ovillaba en el recorte que nunca alcanzó; si el pie encontraba bola –lo que ocurría las menos de las ocasiones–, rodaba ésta calle abajo y tras ella rodaba él, y por el camino una y otro se iban haciendo a la idea de que por los restos habría de ser lo suyo imposible; harto ya de bregar y de pendientes, agarra el balón como si todo en el mundo fuera eso, y niño y hombre acaban a risotada limpia y campanera.
Hay frente a mi casa un parque necesario, con plátanos de sombra y un platero de bronce que siempre estuvo allí. Tiene, el domingo, un padre con su hijo. De común, el gesto del mayor es tan contrario, que se diría le hubiera dado un mal levante. El chico se empeña repetidamente en el golpeo que dicen folha seca, pero falla la curva, y el gesto aquel lo sigue persiguiendo durante la mañana. Si cambia el ejercicio y vuelve a errarlo, la cabeza que niega no disimula ya su desencanto. Hoy le hablará de nuevo de la táctica, de la dieta de hidratos de carbono, del interior derecho y de la cláusula de rescisión.