POR ejemplo, esa tonta manía tuya
de echarme tres terrones de boca en el café, si sabes
que con dos cucharadas, no más, ya me emborracho,
y me da por decirte que te quiero,
sin pensarlo, ya ves, como si me crecieran
galaxias en las palmas de las manos
(que son tuyas, por cierto), como si una cascada
de cascabeles árabes y panderos y cítaras
se burlase de ti, de mí, del viejo
retrato del abuelo. Y cuelgo canastillas
con limones y máscaras venecianas del techo,
millonario en mosquitos y en cuentos de lechera.
Y encendemos la radio y nos estalla
medio kilo de paz entre los labios y algo
parecido al amor se quita los zapatos.
Y, a veces, sólo a veces, jugamos al billar
con los planetas. Tú, violín de incienso,
me cantas las cuarenta razones que te quedan
para no disparar las cuarenta razones
que te siguen quedando para odiarme.
Entonces, sólo entonces, te pido tres terrones
de boca, aunque sabemos que con dos cucharadas,
no más, ya me emborracho,
y me da por decirte que te quiero.