POR su frente inventora,
que trabaja con mimo los sarmientos
cuajaditos de ideas, que retiene
como una mosquitera cuanto mundo
se mueve alrededor; que artesaniza
las sombras, los fantasmas y los viste
decente, humilde, noble, amablemente;
que destila bodegas rebosantes
de vino añejo, sabio al paladar;
que prepara la mesa con un trozo
de requesón, un cuento y un puñado
de trigos bendecidos por la casa.
Por su frente inventora,
te ruego por su frente inventora.
Por sus ojos abiertos,
que apoyan su bastón en la baldosa
temblona, en la cadera cimbreante,
en la paloma muerta, en la manita
minúscula del niño –o de la niña–,
en el fogón, el libro; el desconchón
de una mejilla, de una catedral.
Por sus ojos abiertos,
te ruego por sus ojos abiertos.
Por sus oídos anchos,
que saben cómo ronca el inquilino
del ático (el que duerme más allá
del último planeta), que se entregan
al agudo imposible de la alarma
y la corneta, al hipo sostenido
del grifo goteando; al clarinete
en ti mayor, en vos, en nos, en sí.
Por sus oídos anchos,
te ruego por sus oídos anchos.
Por su nariz alerta,
aduana que requisa nicotina,
que engalana sus fosas con manojos
de jacintos, que frota la almohada
con lavanda y romero; que colecta
monóxido carbónico y serrín,
pan caliente, bajantes, gasolinas
de cuarta o quinta mano, leña fresca.
Por su nariz alerta,
te ruego por su nariz alerta.
Por su boca primera,
que se demora y, casi de puntillas,
como si nada, indaga en el sonido
buscando timbres nuevos, recovecos
donde pueda caber una saeta
y sólo una saeta; que separa
los panes de los peces;
que, impaciente,
se descubre una ausencia
entre los dientes
y pide a beso y grito una presencia.
Por su boca primera,
te ruego por su boca primera.
Por su ingle, que será
de otra ingle cuando menos se lo espere,
que espera una cintura
donde sentar su hiedra y su reposo.
Como era en un principio, amor. Amén.