A Ernesto Guevara sobre la pila de lavar
MORÍA y no acababa de morirse, apenas
se murió. Como un roble aserrado, concéntrico
de anillos, con los nudos frescos aún, moría
Guevara y no acababa de morirse en la pila
de lavar. En la piedra, aquel árbol roncaba
con todo su bosque a cuestas, con su humedad adhesiva,
con su asma aspirado, con las hojas pegadas
al agujero negro por que salió la bala,
una bala. El olor a viruta en potencia,
a aserradero blando empapaba la roca
lavadera. Un escorzo de dignidad terrible
le baja por los hombros al gigante, que lucha
con el desagüe y tira hacia arriba de todas
sus espaldas. Ya huele la corteza, comienzan
a caérsele escamas, como tejas temblonas,
y se queda desnuda la madera, desnuda
con su olor y su orgullo, sin apenas morirse.