ERES pan, y al pan canto, del pan hablo.
Tu nombre no está solo, pan: te llamas
así para que quepan en tu nombre las viñas,
el arroz, la patata, el agua, la aceituna,
el limonero, el árbol de la almendra,
la sal en su montaña de sal costralizada,
y todo en el principio también se llamó pan.
Tu nombre no está solo, pan: te llamas
así para que existan panaderos,
para que el hambre amase su dignidad en agua,
harina y levadura. A ti te cantan
los poetas del pueblo y desparraman
tu entraña migajona y tu corteza
tostada por las mesas de todo el universo. Yo te canto
con la voz heredada, con la edad en crecida.
Tu nombre no está solo, pan: te llamas
así para que el hombre no esté solo
y se siente a la mesa de otro hombre.
Pan de pan, pan de luz,
pan verdadero de pan verdadero,
que te llamas maíz, café, mandioca, coca, conuco, yuca, eucaristía.
Tu nombre no está solo, pues te llamas
así para que exista el compañero.
Eres pan, mi mujer, y cuando llegues
hasta la mesa andaré la casa como una loca,
rebuscando en los cajones y en la alacena un canasto
de mimbre donde ponerte, una canasta que ocupe
tu continental ternura. Te quitaré las sandalias
cuando llegues a mi mesa, les sacudiré el camino
que creció bajo los pasos y corretearé mi casa
como una loca pidiendo un pozo y una ajofaina
de barro con que lavarte los pies –y hasta la cabeza, si es preciso, guerrillera–. La tierra gritará un grito
lleno de sed cuando llegues a mi mesa: bajaré
entonces como una loca a darle su parto grande.
Con una azada tan grave como un árbol de campanas
desenterraré ese pan, moreno hasta las raíces.
Envolveré en un hatillo la hogaza y, con mi sudor
panificado, echaré a correr hacia la casa
como una loca, dejando atrás el huerto, tan niño,
con todo el costado abierto, tan hombre sobre el costado.
En un mantel compartido, rojo como los hijos de la tierra,
depositaré los trigos con su redondez: en ellos
reposará la memoria de la harina
y con tu nombre, pan, bendecirás mi casa.