HAY días, casi todos, en que me llamo angustias
y me apellido miedo. Hay días en que hablo
y hablar es disparar un tirachinas, días
en los que acabo siempre pidiéndome el divorcio.
En esos días echo mis cuentas de lechera,
dejo que la esperanza se me vaya al gimnasio
y se hinche de hacer pesas. Me imagino lavándome
el corazón con agua y estropajo, frotándole
detrás de las orejas, cortándole las uñas
de los pies. Me imagino el día de su apertura
al público: la mesa humildemente puesta,
apenas con un pan y un beso en que mojarlo.
La carita de imbécil que pondrá la mentira
cuando toque a la puerta y una voz, desde dentro,
le diga: “No te esfuerces, que ya no vivo aquí”.
Y habrá que ver al odio morderse los nudillos
cuando, al llegar la noche, venga a buscarme en celo
y entonces yo lo mande derechito al sofá
o a casa de su madre.
Hay días, casi todos,
en que me duele el hombre que se acuesta en mi cama,
y días en que quisiese que me doliesen todos
los hombres, y no puedo. En esos días echo
mis cuentas de lechera y quisiera la casa,
la casa compartida, y cuando digo casa,
digo ladrillo y agua, digo electricidad,
digo la olla de berza soltando su vapor
de cada lunes, digo que hay días en que acabo
por perderme el respeto, días en que me retiro
el saludo y quisiera, diariamente lo quiero...