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Perteneciente a Poesía

Trece



ROMANCE DE LOS HECHOS REALMENTE ACAECIDOS EN LA VILLA DE BELÉN (AÑO CERO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO)



BUENAS noches os dé Dios,

pastores de la Judea,

¿habría algún huequecito

libre junto a la candela?

Traigo los pies congelados,

como un bombo la cabeza,

el estómago vacío,

la nariz soplando velas

y, por si eso fuera poco,

ya ni me siento las piernas.

Decidme, buenos pastores,

¿acaso no es pa’ dar pena?

Arreglémoslo, judíos,

a la manera sureña:

yo vos dejo mis canciones

y vos, mi barriga llena.

¿Qué decís? Veo el entusiasmo

en esas caras catetas,

así que comenzaré

a soltar mis cantinelas,

y ya hablaremos señores,

cuando acabe la historieta,

de cómo habréis de pagarme,

si en cochino o en ternera.

Veamos, ¿qué habré de daros?

¿La historia de Dorotea,

la ovejita que viajaba

por los campos de Idumea

con el pastor Zacarías?

¿La de Elías y su vieja

carreta desvencijada?

¡Ya lo tengo! ¡Esas orejas

abridme bien, paletillos!,

que os contaré la leyenda

de cómo nació un rorrete

en Belén, por aquí cerca.

¿Que ya la sabéis? Diréis

que conocéis la primera

versión, la estándar, digamos,

pero yo os prometo que ésta

-que os muráis si estoy mintiendo-

es la historia verdadera.

Allá vamos, dame un “mi”...

así está bien:

                         "Esto era

una noche como todas,

oscura, para más señas,

y, sin embargo, llovían

chuzos de punta en la sierra.

Aunque el clima no invitaba

a movidas parranderas,

un matrimonio cruzaba

el campo de puerta a puerta

(¿que no hay puertas en el campo?

El cuento es mío: había puertas).

Empapado hasta el bigote,

Pepote, porque éste era

el nombre del patriarca

que conducía a la bestia

(por Dios, y si ‘bestia’ digo,

quede claro que la yegua

no era su santa señora),

vio en la roca una caverna

y, hasta el moño ya de agua,

dijo: “Pa’ dentro, Marieta”

(se refería, ahora sí,

a su joven compañera).

Y allá que entraron los dos

(la bestia se quedó fuera),

y al estilo cromañón

encendieron una hoguera:

oséase, se dejaron

los dedos frotando piedras.

El caso es que, de repente,

Mari se sintió indispuesta.


    -  Eso es la cena, mujer.

    -  Que no, Pepe, no es la cena.

    -  Pues, será el frío o el agua

           o el viento. ¿Yo qué sé, nena?

    -  Eso, ¡como el señorito

ya se ha hinchado de lentejas,

al resto de los mortales

            que les vayan dando!, ¡ea!

    -  No es eso, Maruja, mira:

si yo te creo, mi reina,

pero, ¿qué quieres que haga?

Yo trabajo la madera,

yo de botica y emplastos

            no tengo ni zorra idea.

    -  ¡Si tenía razón mi madre:

"No te cases, Marianela,

con ese muerto de hambre.

Cásate con el Oseas,

ése sí que es de posibles.

No la cagues, Marianela”!

¡Pues vaya si la cagué!

            ¡Ay, Dios, y lo que me espera!

    -  ¿Ah, sí?, ¡pues porque tú quieres,

que tienes la puerta abierta,

que puedo apañarme solo,

            que ya habría quien me quisiera!

    -  ¿A ti? ¿Pero quién te crees?

Con esa cara de acelga,

con esas piernas de alambre

y esa tripa cervecera...


En esto estaban las cosas

cuando a María le empiezan

a temblar hasta los dientes

y a dolerle hasta las cejas.


    -  ¡Ay, Pepe, que estoy mu’ mala!


Y al Pepe, que ya los lleva

de corbata, se le pone

la cara como la cera,

blanca como un pan de luna,

de luna cascabelera.


    -  ¡Ay, Pepote, no me asustes!

¿Qué te pasa? ¡Di! ¡Contesta!


Y Pepote que no dice,

y Pepe que no contesta,

y Pepote que se cae

en redondo y que se pega

un leñazo impresionante

con la silla de la bestia.


    -  Pues sí que estamos... ¡Me cago

     en la leche filistea!

dice María, que tiene

doble motivo de queja–.

En fin, me apañaré sola,

lo que una mujer no pueda...


Y allí que se me arremanga

María la nazarena

y en media hora ya tiene

a quien dejarle su herencia:

un rechoncho zagalete,

moreno como su abuela,

a quien llamarán Manolo

las vecinas corraleras.

Y, claro, como Manolo,

más que lloriquear, berrea,

entre berrido y berrido

el Pepote se despierta:


    -  Pero, ¿qué es esto, Marucha?

    -  ¿Tú qué crees?, ¿una tetera?

¿Qué va a ser, por Dios? ¡Un niño!,

            ¿no ves eso que le cuelga?

    -  ¿Un niño? ¿Ya soy papá?

    -  ¡Ya eres papá! ¡Enhorabuena!


Y después, los arrumacos,

las lagrimitas, la juerga...,

en fin, el final que suelen

tener estas historietas”.


Si os ha gustado, mi trova

bien valdrá un vaso de vino.

Buenas noches, noches buenas,

quedad con Dios, pastorcicos.

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