ANTES digo
Que los pocos o muchos poemas que se vienen se bastan y se sobran ellos mismos: yo, desangustiado y agradecido, me siento en el bordillo a verlos dejarse caer por esta tierra. Tienen, no obstante, una madre, que a su vez tiene un nombre y una historia pequeña: a ella el sucederse las palabras.
QUE sí, no te discuto que hay momentos
del día en que, me ponga como me ponga, no
consigo no quererte: voy andando,
quizás se me ha escapado el autobús, aprieto
el paso, pierdo el pie, lo recupero,
me viene grande el par de pantalones, oigo
en la radio supón que un boletín
y, de pronto, te quiero, así, de pronto,
por la sencilla
razón de que te vienes dando un paseo tú
por entre el cotidiano. Me tiras de la manga
de la camisa y miro y tú no eras;
o me soplas la nuca y a la vuelta
se queda solo el aire, tú no quedas.
Ni que decirte que es como para agarrarse,
no me dirás, qué menos, un cabreo.
Me cuesta resignarme: las más veces
espero unos segundos mirando de reojo
a derechas y a izquierdas, no te vayas
a haber escondido, que otra cosa
estaría más lejos; pero, nada,
y me quedo con todo
mi amor en paños
menores, que no encuentro
ropa para tapar tanto de humano;
y me quedo con toda
la palabra terrible (por lo grande)
despierta y con la silla y las ojeras
pegadas a la puerta, de esperar.
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NO han llegado los tiempos
en que el mucho sobrar
haga pensar que todas las batallas
son la misma batalla. En cambio, todas
las derrotas me vienen pareciendo
una sola (la tuya, en este caso,
la que me has dado tú). No ha sonado,
es cierto,
el último a rebato, ni el penúltimo
siquiera golpearse los cascos y las tierras.
Pero hay la costumbre y la certeza
que traen –antes, incluso, del buitre y la viuda–
saber que te he perdido, como siempre,
habiéndote intentado como nunca.
Un resto al que no alcanza
la ciencia de los hombres
y cuyo nombre espera
ser descubierto,
un más ser animal que ser humano,
y un todavía más cielo que animal,
se da cuenta mucho antes
del fin. Un olisqueo
que encuentra el aire distinto,
un pájaro que viene de cruzado,
un río que volvió corriente arriba:
el signo que se impone, lo fatal.
Cuando esto ocurre (lo que es lo mismo
que hablar de ahora), de nada sirven
el fuego, el trémolo, la alquimia toda,
la rueda, el túnel del viento, el eje,
la arqueología, la biopsia, el Templo
de Salomón, el algoritmo,
el serventesio, la perspectiva,
el arrianismo, cada pirámide:
este dolor estaba en el origen.
Es la queja de Adán por su costilla
que ya no era la suya, el ay mismo
de Ramsés frente al agua ya cerrada,
el grito de parir del nazareno
con el costado abierto finalmente,
la ceguera de Edipo y el banquete
de Petronio que no iba a repetirse.
Reconocido, pueden los seres de esta tierra
intentar la ilusión de resolverlo: nada
me lo va a detener. Podría, entonces, irme,
olvidar la colina y que una vez me dieron
derrota en ella; abrir el suelo y en lo que abriera
sacarlas de la Historia a las ruinas
que no te soportaron. Podría, entonces,
andar la cordillera y el poblado,
lo extenso,
la muchedumbre,
y negar de continuo a quien conmigo diese
que hubo en algún tiempo dos ejércitos,
que una montaña supo de su encuentro;
que, de entre ellos, fui a integrar el desdichado;
que, en suma, no te quise y no dolió.
Elegiría una voz indiscutible,
pausada, más severa que la usada
comúnmente por mí; no arquearía
los hombros ni daría la más mínima
ocasión a lo cierto de saberse:
no exististe, mi amor, nunca has llegado.
Pero, consciente de que entro,
con este paso cambiado,
en el final de los tiempos
que me has tomado (tan largos
que van a sobrevivirme),
voy a alejarme a la forma
del hombre que vino a ti
y como aquél voy a darte
el lugar y la victoria.
A quien se me tropezara
lo detendría. Le haría
un espacio entre la hoguera
y mi espacio. Plantaría
su tienda frente a mi tienda.
El pan que me alimentase:
suyo; la manta, el refresco:
suyos también; mi compaña,
para lo que dispusiera:
todo porque hiciera noche
y la noche fuesen siete,
y siete en cuarenta dieran
y las cuarenta en legión,
porque temo que acabasen
por darnos las del Juicio
si me pongo a hablar de ti.
Le voy a decir, entonces,
que hubiste alguna vez sobre el planeta;
que, como Abram, di por buena
tu formidable tierra prometida;
que me he quedado a dos pasos
de entrarla e ir levantando las ciudades.
Que todo se ha cumplido: vas de vuelta
con la serenidad del que no pierde
y, por tanto, no tiene que inventarse
de nuevo. Que di batalla
honesta y no te tengo ni un poquito,
que cómo me destroza la lejura,
que cómo te me quito ahora de en medio,
que cuánta boca falta y va a faltarme
y ya ni Dios nos salva, compañera;
que quise contigo el tránsito y el agua
y estuviste en las horas
en que ya no se está;
que escribí solamente
para que tú rieras
y el universo, al fin,
se nos solucionase
en número y destino por reírte.