Menu

Letras



Perteneciente a Poesía

Catorce



ANTES digo


Que los pocos o muchos poemas que se vienen se bastan y se sobran ellos mismos: yo, desangustiado y agradecido, me siento en el bordillo a verlos dejarse caer por esta tierra. Tienen, no obstante, una madre, que a su vez tiene un nombre y una historia pequeña: a ella el sucederse las palabras.



QUE sí, no te discuto que hay momentos

del día en que, me ponga como me ponga, no

consigo no quererte: voy andando,

quizás se me ha escapado el autobús, aprieto

el paso, pierdo el pie, lo recupero,

me viene grande el par de pantalones, oigo

en la radio supón que un boletín

y, de pronto, te quiero, así, de pronto,

por la sencilla

razón de que te vienes dando un paseo tú

por entre el cotidiano. Me tiras de la manga

de la camisa y miro y tú no eras;

o me soplas la nuca y a la vuelta

se queda solo el aire, tú no quedas.

Ni que decirte que es como para agarrarse,

no me dirás, qué menos, un cabreo.

Me cuesta resignarme: las más veces

espero unos segundos mirando de reojo

a derechas y a izquierdas, no te vayas

a haber escondido, que otra cosa

estaría más lejos; pero, nada,

y me quedo con todo

mi amor en paños

menores, que no encuentro

ropa para tapar tanto de humano;

y me quedo con toda

la palabra terrible (por lo grande)

despierta y con la silla y las ojeras

pegadas a la puerta, de esperar.


 

_______



NO han llegado los tiempos

en que el mucho sobrar

haga pensar que todas las batallas

son la misma batalla. En cambio, todas

las derrotas me vienen pareciendo

una sola (la tuya, en este caso,

la que me has dado tú). No ha sonado,

es cierto,

el último a rebato, ni el penúltimo

siquiera golpearse los cascos y las tierras.

Pero hay la costumbre y la certeza

que traen –antes, incluso, del buitre y la viuda–

saber que te he perdido, como siempre,

habiéndote intentado como nunca.

Un resto al que no alcanza

la ciencia de los hombres

y cuyo nombre espera

ser descubierto,

un más ser animal que ser humano,

y un todavía más cielo que animal,

se da cuenta mucho antes

del fin. Un olisqueo

que encuentra el aire distinto,

un pájaro que viene de cruzado,

un río que volvió corriente arriba:

el signo que se impone, lo fatal.

Cuando esto ocurre (lo que es lo mismo

que hablar de ahora), de nada sirven

el fuego, el trémolo, la alquimia toda,

la rueda, el túnel del viento, el eje,

la arqueología, la biopsia, el Templo

de Salomón, el algoritmo,

el serventesio, la perspectiva,

el arrianismo, cada pirámide:

este dolor estaba en el origen.

Es la queja de Adán por su costilla

que ya no era la suya, el ay mismo

de Ramsés frente al agua ya cerrada,

el grito de parir del nazareno

con el costado abierto finalmente,

la ceguera de Edipo y el banquete

de Petronio que no iba a repetirse.

Reconocido, pueden los seres de esta tierra

intentar la ilusión de resolverlo: nada

me lo va a detener. Podría, entonces, irme,

olvidar la colina y que una vez me dieron

derrota en ella; abrir el suelo y en lo que abriera

sacarlas de la Historia a las ruinas

que no te soportaron. Podría, entonces,

andar la cordillera y el poblado,

lo extenso,

la muchedumbre,

y negar de continuo a quien conmigo diese

que hubo en algún tiempo dos ejércitos,

que una montaña supo de su encuentro;

que, de entre ellos, fui a integrar el desdichado;

que, en suma, no te quise y no dolió.

Elegiría una voz indiscutible,

pausada, más severa que la usada

comúnmente por mí; no arquearía

los hombros ni daría la más mínima

ocasión a lo cierto de saberse:

no exististe, mi amor, nunca has llegado.

Pero, consciente de que entro,

con este paso cambiado,

en el final de los tiempos

que me has tomado (tan largos

que van a sobrevivirme),

voy a alejarme a la forma

del hombre que vino a ti

y como aquél voy a darte

el lugar y la victoria.

A quien se me tropezara

lo detendría. Le haría

un espacio entre la hoguera

y mi espacio. Plantaría

su tienda frente a mi tienda.

El pan que me alimentase:

suyo; la manta, el refresco:

suyos también; mi compaña,

para lo que dispusiera:

todo porque hiciera noche

y la noche fuesen siete,

y siete en cuarenta dieran

y las cuarenta en legión,

porque temo que acabasen

por darnos las del Juicio

si me pongo a hablar de ti.

Le voy a decir, entonces,

que hubiste alguna vez sobre el planeta;

que, como Abram, di por buena

tu formidable tierra prometida;

que me he quedado a dos pasos

de entrarla e ir levantando las ciudades.

Que todo se ha cumplido: vas de vuelta

con la serenidad del que no pierde

y, por tanto, no tiene que inventarse

de nuevo. Que di batalla

honesta y no te tengo ni un poquito,

que cómo me destroza la lejura,

que cómo te me quito ahora de en medio,

que cuánta boca falta y va a faltarme

y ya ni Dios nos salva, compañera;

que quise contigo el tránsito y el agua

y estuviste en las horas

en que ya no se está;

que escribí solamente

para que tú rieras

y el universo, al fin,

se nos solucionase

en número y destino por reírte.





© Nacho Artacho, 2008 · Contacto · Contratación ·
Trayectoria · Novedades · Agenda · Canciones · Video · Fotos · Letras