DEJADME que tenga goteras
en el corazón.
Las tengo, y me calan,
me lo ponen perdido,
el suelo con barro,
se caen las paredes
de tanta humedad.
Y así no hay quien vuelva
hartito del trabajo,
con los pies reventados,
cargados del camino,
y se pida un sillón. Uno lo intenta,
se busca y se rebusca,
trata de hacer oídos
sordos al gota aquí
y al gota más allá,
cuelga un póster en ese
desconchón que amenaza
con llegar al salón de la vecina,
y, en suma,
quiere creer que tiene
un corazón como Dios manda.
Pero llega, siempre llega
enero,
y el frío se hace más,
y se mete en la casa,
y dice que se queda
un par de días,
y un par de días son diez,
y diez son cuatro meses,
y así van veinticuatro
años.
No recuerdo
haber visto la casa
en condiciones:
siempre hay una obra en un ventrículo,
una arteria con vigas,
una válvula llena
de andamios.
Siempre
tengo roto un desagüe,
y la casa me huele
a amor de fregadero, en retirada,
o tengo que llamar a los bomberos,
que me hachen la puerta, que no encuentro
las ganas para entrar
a esa pocilga.
Otras veces, es cierto,
me acostumbro al olor,
al calado y a todo
y casi soy feliz.
En estas ocasiones, miro cada
cierto rato hacia atrás,
por si se acaba.
Alguna vez que otra
pensé coger la puerta
y echar a andar, a ver
si encontraba otra casa por ahí:
una robusta y sana,
un roble, vamos,
un corazón tremendo y confortable,
caserón por los siglos,
austero, blanco, abierto
de cintura a cintura,
asilvestrado,
con plantas en macetas
y macetas en el patio
y un patio con pozo grande
y el pozo en medio del agua
y el agua encorazonada.