“Se arrebujan los trigos,
sienten temores.
Pasan por el camino
los segadores.
La hoz en la cintura,
ensangrentada
de cabezas de espigas
recién cortadas. ”
(JARCHA)
SE echa el hombre la tierra al hombro y sale
de la casa que fue
de su padre y del padre
de su padre. Levanta
la cabeza y se esfuerza
en saber qué intenciones tiene el cielo
esta mañana. “Puede
que llueva”, dice y hace
camino hacia los campos. Se ha dejado
tres cuartos de la vida
sacándole los hijos
al suelo para luego
quitárselos. Se mira
las manos y se las lleva
las manos a la cintura,
y en la cintura, a la espera
de las espigas, las hoces,
que apuntan siempre a la tierra.
La sierra ha roto la panza
de una nube y la tormenta
se viene abajo en martillo
mojando al hombre que siembra,
y una sombra se le posa
al campo sobre las piernas,
que abiertas las tenía antes
y cerradas se le quedan.
El hombre que hace parir,
la mano como visera
y el ojo de catalejo,
busca la casa y se lleva
sus pasos hacia los pechos
frecuentados que lo esperan.
La mujer, tierras adentro,
se prepara urdimbre y trenza;
la trenza, para que el hombre
se la deshaga; la urdimbre,
para que entre y se la teja
y le deje arado el vientre,
que apunta siempre a la tierra.