ES cierto, a qué negarlo: sigue estando en barbecho
el corazón. Es uso ya que se vaya mayo
sin echarle siquiera un requiebro: le pasa
tocando el quicio, dos o tres arterias más
abajo; de reojo, lo sabe nerviosito,
mirándose el reloj, ajustándose el cuello
de la camisa, hablándose por ver si se equivoca:
“no va a venir, seguro que no viene”. Y no va.
Se queda el tontorrón con la aurícula en gala
y la mitral vestida de domingo. Y no va;
se tiene que guardar los seis o siete versos
mal rimados (que, encima, no eran suyos, o, al menos,
no más suyos que de otro), los que le repitió
diez, once, doce veces de pensamiento al término
de la cena; los guarda, queda dicho.
Como hay algo
de buscar el morirse en el amarse, asoma
su cabeza magnífica por entre el huequecito
de la ventana y ve marcharse cuerpo arriba
al mes que le traía el agua y los quereres,
llevándose consigo lo líquido y lo sólido.
Y sin agua es ilusión la cosecha. No es extraño,
pues, que el año entre en zarzales y por cardos se me vaya.
Es cierto, a qué negarlo: no recuerdo
muy bien cómo se hacía eso
de enamorarse de alguien. Si no falla
la memoria, algo había de negarle
al cosmos su estructura y disponerla
a voluntad y capricho del amante; otro poco
tenía de entender la ciencia impracticable
de los hombres; un punto, por último, de darse
a una suerte de mística total.
Fue contigo, mujer, todo lo dicho
y el beso colosal y la quietud
y el proyecto del hijo y el quererte
toda tu carne armada y florecida;
y una palabra y otra
que saltaban de otra boca a una,
y el salto y la candela nos perdían,
y la palabra ajena era la propia
y la propia la ajena, comúnmente;
fue contigo saberte descarada, derecha
a mis bastiones, dura
en la guerra como un pueblo convencido,
en la paz como un niño o una mentira.