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Letras



Perteneciente a Poesía

Veinte



                                                                    “¿Adónde te escondiste,

                                                                   Amado, y me dejaste con gemido?

                                                                   Como el ciervo huiste

                                                                   habiéndome herido;

                                                                   salí tras ti clamando y eras ido”.


                                                                      “Descubre tu presencia,

                                                                   y máteme tu vista y hermosura;

                                                                  mira que la dolencia

                                                                  de amor, que no se cura

                                                                  sino con la presencia y su figura”.


(SAN JUAN DE LA CRUZ)




ES cuando no hay el hombre que te quiero,

no entero para mí: yo te comparto

con el que no te busca y con quien no se entiende

sin ti. Son estas noches,

en las que cada frente se va yendo

a borbotones, las que te me acercan, mi bien, las que te saben.

Me lavo todo el cuerpo si es que vengo

a tu casa: las manos, la cabeza,

los pies... A cambio, Tú

te expandes como un gas no conocido

y acampas en lo tuyo y en lo ajeno.

Amor, te queda siempre alguna esquina

desocupada, en luz, para tenerme.

Y yo remanso entonces, con frecuencia

lo hago, lo estruendoso que se baja

de la roca arrastrando al río mismo.

Me dejo la carita sobre el vientre tuyo,

escucho la punzada que te ha mantenido.

Respiro. Reconozco la hinchazón que me da su sube y baja,

el pecho más arriba –que distingo

entre todos los pechos–, la exigencia

de la prueba.

Donde acabas,

donde te acabas, en medio

de donde ya no eres,

el animal habita,

gazapea el animal,

escarba el desierto –abierta

la zarpa en llaga– y encuentra

más desierto en el boquete;

no se yergue donde acabas,

la columna es casi suelo

donde Tú ya no eres.

Habita el animal

el sin agua, los terrenos

del lagarto y la solana.

Olisquea la pedrera,

la baba se le hace una

sola cosa con la tierra

de tanto arrastrar la boca

por donde no eres Tú,

por donde Tú te acabas.

Cuando los días traen todo su tiempo

del animal, te busco, Amado, amante.

Me quito bajo el arco de tu puerta

lo que he sido en el páramo y te planto

a los pies de tu altura horizontalizada

la jornada, el agobio, la querencia.


_______



ME tendrán que explicar, cuando los tiempos

ya no lo sean, dónde voy a encontrarte, mi bien, voy a encontrarte.

Las veces que has venido,

poco has tardado en huirte monte arriba

(una cimarronada de las tuyas).

Has dejado la casa siendo el día

todavía un intento; no llevaste

nunca el pan y las aguas del camino.

No quisiste tampoco los cariños

del adiós que se dicen, ni el abrazo

abiertísimo,

ni el “vuelve pronto”, al tranco de la puerta.

Me queda, Amor amante, un pozo ancho,

seco hasta las honduras, que no hay forma

de llenar. Cuando faltas,

de las grietas se cuelgan

las alimañas,

corren las humedades las paredes.

El corazón boquea dando vueltas

por lo que un día fueron agua y agua;

mira por el canal que tiene allá,

en lo más alto, luz,

con los ojitos casi enceguecidos,

buscándote siquiera un allí estuvo.





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