“¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido”.
“Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y su figura”.
(SAN JUAN DE LA CRUZ)
ES cuando no hay el hombre que te quiero,
no entero para mí: yo te comparto
con el que no te busca y con quien no se entiende
sin ti. Son estas noches,
en las que cada frente se va yendo
a borbotones, las que te me acercan, mi bien, las que te saben.
Me lavo todo el cuerpo si es que vengo
a tu casa: las manos, la cabeza,
los pies... A cambio, Tú
te expandes como un gas no conocido
y acampas en lo tuyo y en lo ajeno.
Amor, te queda siempre alguna esquina
desocupada, en luz, para tenerme.
Y yo remanso entonces, con frecuencia
lo hago, lo estruendoso que se baja
de la roca arrastrando al río mismo.
Me dejo la carita sobre el vientre tuyo,
escucho la punzada que te ha mantenido.
Respiro. Reconozco la hinchazón que me da su sube y baja,
el pecho más arriba –que distingo
entre todos los pechos–, la exigencia
de la prueba.
Donde acabas,
donde te acabas, en medio
de donde ya no eres,
el animal habita,
gazapea el animal,
escarba el desierto –abierta
la zarpa en llaga– y encuentra
más desierto en el boquete;
no se yergue donde acabas,
la columna es casi suelo
donde Tú ya no eres.
Habita el animal
el sin agua, los terrenos
del lagarto y la solana.
Olisquea la pedrera,
la baba se le hace una
sola cosa con la tierra
de tanto arrastrar la boca
por donde no eres Tú,
por donde Tú te acabas.
Cuando los días traen todo su tiempo
del animal, te busco, Amado, amante.
Me quito bajo el arco de tu puerta
lo que he sido en el páramo y te planto
a los pies de tu altura horizontalizada
la jornada, el agobio, la querencia.
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ME tendrán que explicar, cuando los tiempos
ya no lo sean, dónde voy a encontrarte, mi bien, voy a encontrarte.
Las veces que has venido,
poco has tardado en huirte monte arriba
(una cimarronada de las tuyas).
Has dejado la casa siendo el día
todavía un intento; no llevaste
nunca el pan y las aguas del camino.
No quisiste tampoco los cariños
del adiós que se dicen, ni el abrazo
abiertísimo,
ni el “vuelve pronto”, al tranco de la puerta.
Me queda, Amor amante, un pozo ancho,
seco hasta las honduras, que no hay forma
de llenar. Cuando faltas,
de las grietas se cuelgan
las alimañas,
corren las humedades las paredes.
El corazón boquea dando vueltas
por lo que un día fueron agua y agua;
mira por el canal que tiene allá,
en lo más alto, luz,
con los ojitos casi enceguecidos,
buscándote siquiera un allí estuvo.